El Trabajo del Tiempo
Por Eduardo Sorhaburu
Muchos de los miembros actuales del Dojo de Marcelo no me conoce. Comencé mi entrenamiento en la Bujinkan allá por el año 2002, pero después de un tiempo de entrenar con Marcelo me fui a vivir a EEUU por motivos laborales, para luego continuar mi camino en México.
Por suerte, después de un poco más de 5 años de vivir afuera de Argentina, volví, y luego de un tiempo de acomodarme y encajar varias piezas de mi vida social, familiar y laboral, volví a entrenar con Marcelo.
Mi estadía en el exterior empezó con unas ganas infernales de entrenar, y en eso tuve sensaciones encontradas. Logré encontrar un Dojo en Houston al cual pude ir por un tiempo, pero algunos meses después tuve que dejar de ir ya que por motivos profesionales los horarios no me cerraban (allá todo cierra más temprano…). Pese a entrenar poco tiempo ahí, pude ver varias diferencias (ni buenas ni malas) con la forma de entrenar acá y fue una experiencia enriquecedora.
Luego continué en Veracruz, México, una ciudad chica (para México… ¡1 millón de personas!) en la cual no había ningún dojo. Por un tiempo, siguiendo los consejos de Marcelo, logré armarme un grupo con algunos chicos y entrenábamos en la playa, por las noches. Pero nuevamente lo mismo, se me complicó el trabajo y tampoco pude seguir (aparte de las dificultades propias de entrenar otras personas, que no falten, que se enganchen, etc.).
Al volver a Argentina, y retomar el entrenamiento, noté varios cambios. Por un lado, ingenuamente, porque asumía que yo no había cambiado pero suponía que los demás sí. La realidad es que yo también cambié, y así lo hizo mi forma de ver el Budo y también de interpretarlo. En resumidas cuentas, comprobé que cuando lo dejamos el tiempo hace su trabajo, y que esto aplica tanto a los alumnos, como a los maestros, y muy probablemente también a la Bujinkan.
Pero vayamos por partes… Un día pasé por el dojo de Marcelo en Vicente López, y obviamente no conocía a nadie (con excepciones, claro)… Es obvio que los grupos cambian. Así como nosotros envejecemos y cambiamos, imagino que los grupos también, los alumnos van rotando y cambiando. Lo que no cambia, es el alma del Dojo, su Sensei (en nuestro caso Marcelo). Por suerte, él sigue estando, dedicándole la pasión y esfuerzos de siempre; y es quien “timonea” al grupo para que el mismo “evolucione” dentro de ciertos parámetros.
Dentro de ese grupo, no puedo evitar destacar la evolución de los que sí conozco. Las personas crecen en su destreza y sus conocimientos, y muchas veces no nos damos cuenta porque los vemos a diario o semanalmente. Ahora bien, al ausentarme 5 años y volver a verlos, el cambio se ve de manera notable y quedé impresionado.
Esto me generó dos cosas: por un lado alegría, y por otro tristeza. Alegría por ver como han evolucionado personas a las que estimo, y tristeza por notar el tiempo que “perdí” y estuve sin entrenar, pero lamentablemente no siempre se puede, hay tiempos para hacer algunas cosas, y hay tiempos para hacer otras.
Por otra parte está Marcelo. Si bien pienso que las graduaciones no son tan importantes, pueden ser un indicador más. Cuando me fui de Argentina, Marcelo era 4to dan, y ahora es un Shihan. Creo que las graduaciones que acumuló se notan en la tranquilidad y madurez que tiene para encarar el budo (no digo nada de su taijutsu, sería totalmente redundante). Es como si hubiera “explotado”. Con un poco de imaginación, podríamos decir que el conocimiento que uno tiene es como un río que va fluyendo, y los exámenes o graduaciones pueden ser una especie de dique. Si se rinden al tiempo debido, el dique se abre, y el agua sigue fluyendo sin ningún problema, de manera prolija. Ahora bien, si el agua se retiene más tiempo de la cuenta, al abrir las esclusas el caudal toma una fuerza desmedida y avanza con velocidad liberadora. Esa fue mi percepción de Marcelo al volver a verlo después de mi experiencia en el exterior.
Pasando a mi historia puntual, pensé que iba a ser el mismo que entrenaba con Marcelo en el año 2003. Y obviamente estaba completamente equivocado. Con esto no me refiero a temas técnicos, sino más que nada a la forma en la que uno encara la vida y los problemas… Y el Budo Taijutsu no es una excepción, es una parte más de nuestra vida y refleja como vivimos. Una forma más gráfica de ver esto, podría ser a través de las herramientas que nos da la Bujinkan: sus nueve Ryu. Cada estilo tiene formas y conceptos diferentes, y son óptimos bajo diferentes circunstancias. De esta forma, podríamos decir que cada Ryu probablemente represente partes diferentes de nuestra personalidad.
Recuerdo que cuando entrenaba antes, mi estilo favorito era (sin lugar a dudas) Koto Ryu Koppojutsu, más que nada caracterizado por sus acciones directas, lineales y contundentes. Ahora, en cambio, que he vuelto a entrenar “en búsqueda del tiempo perdido”, podría decir que mi estilo favorito es Takagi Yoshin Ryu Jutaijutsu. Esto marca un cambio conceptual bastante claro, y aplica no solo a mi manera de entrenar, sino de cómo encaro los problemas en mi casa, en el trabajo, etc.
Resumiendo este punto, creo que el Budo Taijutsu no es solamente lo que hacemos en el dojo, es como llevamos adelante nuestras vidas.
No me quiero olvidar de ese elemento que une todos los puntos descriptos anteriormente: El Tiempo. Si bien avanza para todos, quería cerrar con una pequeña reflexión. Debemos evitar adelantarnos al tiempo, y creer que somos cosas que no somos, así como debemos tener siempre en claro por qué hacemos las cosas que hacemos. En este punto, creo que la humildad es algo muy importante para mantener siempre el equilibrio entre los que somos y lo que percibimos. Para ilustrar este punto me gustaría compartir con ustedes un ejemplo.
Cuando entrené en Texas, uno de los chicos que entrenaba ahí era bastante arrogante a la hora de hablar de otras disciplinas (debo confesar que más allá de eso era bastante macanudo dentro del dojo). El consideraba que la Bujinkan era un arte totalmente infalible. Tanto es así, que estrenando su graduación después de un examen exitoso quiso competir en un torneo de AAMM libres, confundiendo todo. Le pidió permiso al entrenador, quien le dijo que podía hacerlo si y solo si no decía qué disciplina practicaba. Cuestión que el pibe aceptó y fue a competir con arrogancia, convencido de que el torneo no era más que un trámite para probar su invulnerabilidad, como si su recientemente alcanzado grado en la Bujinkan (su graduación no era muy elevada, no recuerdo exactamente cuál) le proveyera de todo lo necesario para imponerse.
Llegado este punto, me parece apropiado indicar que su principal confusión no radicó en que él estuviera más o menos capacitado de lo pensaba, sino que confundió el objetivo de porque entrenaba y porque había elegido a la Bujinkan para expresarse marcialmente.
¿El resultado del torneo? Fue derrotado de manera categórica, y después de recibir un par de patadas en la cabeza recuperó su humildad, y nuevamente puso el foco en las cosas importantes. Pero entendió que el problema estaba en él, no en la Bujinkan.
¿Cuantas veces buscamos los problemas en otro lado, cuando están en nosotros mismos?
El tiempo hace su trabajo, pero no hace magia, nosotros tenemos que hacer nuestra parte.
Eduardo Sorhaburu
Bujinkan Fudoryu dojo